Apenas cuelgo la llamada de una querida amiga con una noticia que me estremeció.

Otro niño… 12 años, en su casa, concluyó el reto… y falleció.

Me duele pensar en el sufrimiento de los padres aunque no los conozca. Tantas cosas que pasarán por sus cabezas.

Nuestro pensamiento busca intuitivamente un culpable: -La familia tenía problemas. Los padres no le dedicaban tiempo suficiente. La escuela no activó los protocolos necesarios. El gobierno, el clima, la tecnología…  Quizá solo una serie de hechos muy desafortunados llevaron a un niño a ejecutar una serie de “retos”.  Pero el presente no se puede cambiar, nadie puede deshacer la ejecución del último reto.

Nos tiene que quedar claro, muy claro, que el contexto que viven nuestros hijos, sean bebés, niños o adolescentes es inmensamente diferente al que nosotros tuvimos a su edad.

Más allá de tener cualquier película sin comerciales al alcance de un clic, un emoji que permite “definir” un estado de ánimo, mas allá… Está un niño, un adolescente que igual que tú quiere pertenecer a un grupo. Un niño que quiere ser el centro de atención, no porque haya sufrido traumas, sino porque así somos los humanos y más en etapas tempranas, queremos, necesitamos atención, sentido de pertenencia.

Estamos inmersos en una era donde la tecnología es protagonista, para bien o para mal, lo aceptemos o no. En nuestro afán de automatizar procesos, industrializamos la comunicación a través de la hiperconectividad, el acceso a la información y todo lo que la tecnología ha cambiado en nuestra vida cotidiana. Sin darnos cuenta que somos nosotros mismos, las personas quienes diseñamos, construimos, usamos, evaluamos y modificamos la tecnología.

Vemos claramente que las formas de hacer las cosas han cambiado: para tomar un taxi, para buscar una dirección, para guardar la información de un contacto, para hacer un pago, para vigilar al bebé, para leer una noticia… la lista es interminable. Incluso la forma de cuestionarnos cómo nos sentimos, ahora se sustenta a través de la comercialización de los likes. Y si nosotros como adultos nos sentimos abrumados en este mundo tecnológico, ¿cómo se sentirán los niños y adolescentes? quienes lo único que han hecho diferente es nacer en esta era. Parece como si delegáramos a una aplicación, al gobierno, a una red social, a quien fuera, la tarea y el peso enorme que implica la educación tecnológica.

No podemos seguir ausentes a llamados tan fuertes como este y tantos otros casos donde se refleja la parte cruda de nuestra realidad. Los adultos que habitamos en este planeta somos responsables de acompañar y guiar a los menores entre el mundo virtual y el mundo real.  Esta diferencia se ha convertido para muchos en una línea muy delgada casi imperceptible. Un niño o adolescente podrá resolver más rápido el problema que tiene tu computadora o tu teléfono, pero sigue siendo una persona que esta apenas experimentando la convivencia social, de pareja, encontrando sus gustos, sus habilidades… Todas esas cosas que tu también experimentaste en su momento, lo único que ha cambiado son los medios para hacerlo y el tiempo de respuesta.

Atender este llamado implica dejar de delegar a otros la responsabilidad del uso de la tecnología. Ser conscientes de que podemos elegir cómo educar a nuestros niños y jóvenes en el aspecto tecnológico. Convertirnos en protagonistas tomando acciones concretas, pequeñas y aparentemente tan insignificantes como conocer:

  • ¿Cuáles son las redes sociales que existen? ¿Cuáles frecuenta según su edad?
  • ¿Cuáles son las implicaciones legales de la transferencia de archivos de pornografía en mi estado o país? ¿Incluso en menores de edad?
  • ¿Qué es el grooming, ciberacoso, sexting, sextorsión?
  • ¿Cuál es su videojuego favorito? ¿Qué clasificación tiene el videojuego? ¿Qué tipo de comunicación tiene con otros jugadores?
  • ¿Cuáles son los síntomas de alerta ante una adicción a la tecnología?
  • ¿Cuántas veces se levanta en la noche a checar sus dispositivos?
  • ¿Cuánto tiempo pasa conectado?
  • ¿Cuántos amigos de su perfil conoce y conozco?
  • ¿Qué tipo de pornografía tiene a la mano?
  • ¿Participa en algún tipo de club, grupo, foro?
  • ¿Ha realizado comentarios racistas, políticos, religiosos, de género?

¿Y cómo hacer esto? No existe una receta, una serie de pasos, un checklist.  Podemos comenzar hablando sobre estos temas entre adultos, platicarnos las cosas que nos funcionan y las que no también. Lo que nos da miedo o nos rebasa. Utilizar estos medios tecnológicos para tejer redes que nos permitan construir bases firmes donde nuestros hijos sepan que no somos ajenos al mundo en el que viven y que estamos para ellos también en el mundo virtual, incluso si me considero un inexpertotecnológico.

Y a ti pequeñito, que tu camino siga lleno de luz. Gracias por compartirnos en tu paso un rayito de conciencia.

Coyito.

12 de octubre 2019.

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